martes, 27 de noviembre de 2012

La mercantilización de la Educación


Por Juan Duran

Seguir repitiendo los mismos errores del pasado, por desconocimiento o por adoctrinamiento, no parece racional sino terquedad que evidencia el poco compromiso con lo que significa revolución y en la que los platos rotos los pagan generaciones que nada tienen que ver con el problema de nuestra insociable sociabilidad.

¿Qué sucedió en el pasado, cuando las universidades en particular y la educación en general fueron instrumentalizadas por la iglesia?
En primera instancia, una educación elitista, solo para los vencedores, totalmente antidemocrática, que excluía a los vencidos y les obligaba a arrancar de sus entrañas a sus dioses, sus fiestas y sus tradiciones como la manera más contundente de aceptar su derrota.

¿Qué sucede ahora, cuando las universidades en particular y la educación en general pretenden ser instrumentalizados por el MERCADO?
Lo mismo, así como el dios cristiano fue utilizado como coartada para los saqueos, el dios de las ofertas y demandas tiene la potestad en la actualidad para transformar los bienes públicos en privados, bajo nuestro consentimiento y con gente supuestamente preparada.
A continuación los argumentos:

No es suficiente entregar por entregar becas a los estudiantes con mejores puntajes. Es fundamental saber para qué se lo hace, por qué se lo hace y a quiénes se lo hace. En primer lugar, no tiene sentido formar intelectuales y profesionales en el extranjero para que regresen al país y sirvan al gran capital y a las empresas multinacionales, que pretenden, precisamente, privatizar los recursos naturales. En segundo lugar, a nombre de justicia se realizan  involuntariamente injusticias cuando únicamente son becados los que ya sabemos, menos los que se han destacado con hechos y no con palabras en el arte, el deporte y el buen vivir.
Las pruebas que habilitan la posibilidad para continuar los estudios en la educación superior miden únicamente capacidades pragmáticas, y dejan de lado otras capacidades fundamentales para la educación y formación de la personalidad. Los pensadores de la Ilustración solían manifestar que es fundamental formarnos primero como personas y luego como profesionales. Ahora ocurre y se procede al contrario.
¿Quién debe ingresar a la universidad? ¿El que obtiene un puntaje mayor a 700 puntos pero no ama a la naturaleza ni a las personas, o el que obtiene 600 puntos pero le importan mucho las plantas, los animales, el planeta y su gente?
A través de estas pruebas se está castigando a los estudiantes que no alcanzan los cuantificadores solicitados, pero no a la injusticia social. Peor todavía cuando se exigen cosas que nunca  en las escuelas y colegios se enfocaron y además por orden ministerial desaparecieron del pensum de estudios materias que ayudan a pensar, como son Filosofía y Lógica. Es más, muchos de los jóvenes que ahora se enfrentan con las pruebas constituyen una de las generaciones menos protegidas de la historia nacional, a consecuencia de un neoliberalismo nefasto que arrancó de los hogares a sus padres, convirtió la telebasura en el principal miembro de la familia, socializó por todos los medios posibles la cultura de la vulgaridad e hizo que  muchos niños y niñas descuiden sus estudios para ayudar al sostenimiento de sus casas.
El que saquen bajos o altos puntajes en las pruebas no nos dice nada sobre quien va a hacer mejores cosas en la vida. Su papel en la sociedad está fuertemente determinado por las contradicciones de la época social que le toca vivir, por la nacionalidad a la que pertenece, el estatus social del que forma parte. Así, por ejemplo, Gandhi jamás sobresalió cuando joven en las calificaciones escolares pero los conflictos de su nación  con el imperio le llevaron a despertar y formar capacidades que la escuela nunca pudo visualizarlas, por su manera positivista de ver las cosas. Igual aconteció con Fidel Castro, Ernesto Guevara, Tránsito Amaguaña, José Saramago, Luther King o Dolores Cacuango, 
Finalmente, el poder desde sus alturas se ríe de la meritocracia, sabe que sus hijos tienen como mérito únicamente haber nacido en sus aposentos.

Con la plata que los privilegiados disponen pueden educarlos en las mejores universidades del mundo. Las cosas son distintas para los sectores medios y fundamentalmente bajos. Con estos últimos, a más de sobrellevar la pobreza, cosa dura cuando va acompañada de desgracias, tienen que superar los duros obstáculos para en última instancia ser aprovechados por el capital, el Estado o los gobiernos de turno, menos por su pueblo. Los que no logran superar esas dificultades, en cambio, no tienen más remedio que seguir carreras técnicas para finalmente ser utilizados como mano de obra calificada o microempresarios sin saber a ciencia cierta para quien trabajan.

Educar para trabajar, de acuerdo, pero a qué costo, en qué sociedad, en beneficio de quién y contra quiénes, son las preguntas importantes que toda propuesta educativa genuinamente emancipadora debe hacer y responder una y otra vez si no quiere repetir los mismos vicios del pasado.

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